El despertador
sonaba sin cesar, Fabián se arremolinaba entre las sábanas, sin querer despegar
los ojos, su cuerpo adolorido apenas y respondía a sus mandatos.
La recámara estaba en un completo desorden, su ropa estaba tirada por el suelo, había restos de comida por todas partes y basura amontonada en una esquina. Su cuarto había cambiado en los últimos cuatro años.
Desde hace algunos años ya no deseaba ir al colegio, pero tenía que hacerlo, aunque últimamente ya no le importaba lo que los demás dijeran, ya no tenía las fuerzas suficientes para oponerse a los demás. Habían sido nueve años de soportar aquel espantoso sufrimiento, ya no sabía cómo seguir con eso.
