El ruido de los automóviles
pasando y una melancólica melodía, era lo que lo acompañaba esa noche. Una
cerveza barata a medio tomar descansaba sobre la mesa de trabajo, por la
ventana tenía la vista de la carretera principal, el hombre soltó un suspiro
volviendo su mirada hacia el interior de su habitación, miró alrededor buscando
algo que no estaba en casa y ni en su vida.
La pantalla de la
laptop era la única luz que iluminaba la habitación, la penumbra y pesadez lo
acompañaban. Tomó otro trago de la cerveza conteniendo por un momento el
líquido en la boca, deseando que aquel sabor amargo fuera más fuerte de la que
su propia vida se había convertido.
Volvió su vista hacia la pantalla de la
laptop, las gráficas y números se amontonaban en la pantalla, dejo caer su peso
sobre el respaldo de la costosa silla ergonómica que había adquirido sólo hace
unos meses atrás por “el bien de su
salud”, aunque no entendía por qué debía
cuidar de sí mismo, para él, su bienestar no era importante.
Se había convertido en todo lo
que deseaba, un hombre lleno de trabajo, éxito, una vida económicamente
estable; todo era perfecto, toda su vida
ya la había decidido o al menos eso pensaba; hasta aquel fatídico día.
De un solo golpe cerró la pantalla
de laptop, tomó la botella de cerveza y bebió el resto del contenido de ésta de
un solo trago. Las gotas de la lluvia se escucharon de pronto, y no se hizo
esperar el olor a tierra mojada que dejaba a su paso. Se levantó de la silla, observando por la
ventana, estaba sólo, completamente sólo en aquel departamento y en su vida.
“Amigos”, claro que tenía
“amigos”, vivía rodeado de ellos. Saludos educados y sonrisas corteses, que por
la misma razón respondía a ellas. Amistades reales… se había adentrado tanto en
su vida, en ser una persona inteligente, recatada y sobresaliente que todo lo
demás lo dejó en segundo término. Sólo tenía que esforzarse por las únicas 3
personas que quería de verdad, pero no fue lo suficiente bueno para responder a
ello.
¿Cuánto había pasado? ¿Un año?
Así era, un año exactamente de aquello, de aquel momento que lo atormentaba
constantemente sin saber cómo salir, de qué manera debía seguir con su vida.
Ahora todo estaba congelado, continuaba con su vida como si de un robot se tratará,
como sí nada le afectará; pero en la intimidad de su casa sólo sentía una
inmensidad soledad aplastándolo.
La intensidad de la lluvia se
incrementó hasta convertirse en una tormenta, el agua comenzó a entrar por la
ventana que aún se mantenía abierta, el hombre se acercó más a la ventana, sintiendo como las
gotas de agua golpeaba contra él. Esa noche era igual a la de aquella noche
hacía un año, era como si ese Dios que decían que existía provocará que no
pudiera olvidar aquel momento.
El sonido conjunto del agua
cayendo, los automóviles pasando a gran velocidad y aquella música melancólica
que se repetía una y otra vez sólo provocaban que se hundiera cada vez más en
aquel abismo llamado soledad.
Después de ese día volvió al
trabajo lo antes posible, aunque su jefe le había dado una semana completa, él
se había ausentado sólo dos días. Aunque todos parecían preocupados por su
condición nadie refutó su decisión, lo aceptaron y siguieron trabajando.
Se llenó de trabajo hasta el
cansancio extremo, apenas y dormía, apenas y hablaba. Era bueno vendiendo sus
ideas a los clientes, podía sonreír abiertamente y nadie podría decir que
mentía, era un experto en el mimetismo. Sólo debía encajar y agradar a los
demás. Era el mejor empleado y por ello también sabía que había personas que lo
detestaban, pero eso no le importaba.
La tormenta seguía con fuertes vientos,
cada vez más agua entraba a la habitación, la mayor parte de su ropa se
encontraba mojada ahora, sus pies y manos se sentían frías, la humedad comenzó
a hacer efecto en su cuerpo, y aunque físicamente su cuerpo temblaba, su mente apenas captaba aquella reacción. Gotas cálidas
comenzaron a recorrer el rostro de aquel hombre, el llanto que comenzó
silenciosamente comenzó a subir de tono, en suaves hipidos y lamentos.
“Lo siento” “Lo siento”. Repetía
a la nada, suplicaba que alguien lo escuchará, deseaba que pudiera ser
perdonado. No pedía a nadie más, ni amigos, ni pareja, ni amor; sólo aquellas
tres personas que había sido arrebatadas de su vida.
Los lamentos se volvieron en
gritos de dolor, su cuerpo cedió y cayó de rodillas, un gran charco de agua se
había formado bajo de él, pero apenas y se dio cuenta de ello, sólo pedía
disculpas, una y otra vez.
El dolor en su pecho era muy
fuerte, dolía más que aquella vez que se había roto el brazo, dolía más que
aquel primer amor que había roto su corazón, era tan tortuoso que con el puño
cerrado comenzó a dar golpes contra el suelo, esperando que la frustración, la
tristeza y el dolor salieran de su cuerpo. Aquellos oscuros sentimientos lo
estaban llenando y sentía que se estaba ahogando, la respiración le comenzó a
hacer falta y aquellos gritos se quedaron atrapados en su garganta.
El cuerpo del hombre se desplomó
sobre el suelo, las lágrimas aun caían por su rostro, aunque era difícil
diferenciarlas entre las gotas de lluvia. Los nudillos de sus manos estaban
lastimados, se habían pintado de un color rojo que destacaba ahora entre el
pálido de su piel.
“Lo siento Natán”. Cerró los ojos
y enseguida un rostro regordete se dibujó en su mente, una tierna sonrisa
adornaba el rostro de aquel niño no mayor de 5 años, de piel clara y cabello
castaño. “Sólo eras un bebé”, la voz del hombre era ahora sólo un ronco
susurró.
“No era tu tiempo, no lo era, lo
siento”. Los relámpagos y truenos alumbraron la estancia por momentos, entonces
se percató de un oso de peluche que descansaba sobre su cama, como si hubiera
estado observando la escena todo el tiempo.
“Fuiste lo único que se salvó esa
noche”. Le habló al oso como si este le pudiera entender. Imágenes de un
automóvil destrozado vinieron a su mente, sangre, gritos.
Trató de ponerse de pie, pero
resbaló cayendo de nuevo sobre su espalda.
“Soy tan patético”. Las lágrimas
volvieron a presentarse en su rostro, como si fuera una súplica. Sólo hubiera
deseado haber tenido el tiempo
suficiente para regresar todo lo que le habían dado, por eso es que se había
esforzado tanto, por eso había sacrificado muchas cosas de su vida; pero
aquellas personas no estaban presentes ahora.
“Mamá, papá, Natán”. Nombró
mirando el techo de aquel departamento, una nueva melodía sonaba de fondo. No
sabía cuánto tiempo llevaba en aquella posición, pero no le importaba.
Volvió a intentar ponerse de pie,
pero el agua en el suelo le hizo volver a resbalar. Un relámpago iluminó la
habitación, sobre la repisa observó una foto donde cuatro personas contándolo a
él mismo se mostraban sonriendo.
Nunca le había importado que en
la escuela le llamaran frío, raro, nerd, engreído. Sólo se esforzaba por ser el
mejor, pero ahora ellos no estaban ahí con él. Quién más le dolió había sido el
pequeño Natán, aun podía recordar su sonrisa y risas, el como a veces hacía
preguntas que no había sabido contestar, y más presente aún tenía las veces en
las que el pequeño se había acercado a jugar con él o a preguntarle qué hacía y
él lo había alejado con un, “Estoy ocupado”, “No te importa”, el rostro de
desilusión en el pequeño lo seguía muchas veces.
Con un último esfuerzo se levantó
por fin del suelo, las piernas apenas y le respondían, por lo que como pudo fue
hacia la cama y se dejó caer sobre ella.
Muchos le podrían decir que aún
era joven, con sólo 27 años podría salir adelante, pero para él, la persona que
era fría por fuera, era mucho más débil de lo que los demás podrían imaginar.
Tomó el peluche con forma de oso y lo abrazó con vehemencia, a pesar de que la
tristeza aun lo llenaba, las lágrimas parecían haberse acabado.
Amargo, el sabor de la cerveza
permanecía en su boca, era como un recordatorio de lo que era su
vida.
“Los extraño”. Susurró a la nada,
esperando que lo pudieran escuchar. La tormenta se calmó lentamente hasta que
volvió a como había comenzado, en una suave lluvia. El sonido del agua cayendo
al compás de la música que aun sonaba de fondo provocó que el hombre pudiera
reconciliar el sueño.
Vivía ahora en una constante
pesadilla, en la que su peor miedo se había hecho realidad. Pero cuando las
pesadillas se vuelven realidad, el sufrimiento es lo que te mantiene vivo.
El reloj despertador sonó a las
6:30 de la mañana, el hombre despertó. Con pesar se levantó de la cama, tenía
frío, pero siguió de largo para tomar una ducha caliente, se vistió con un
impecable traje, arreglo su cabello y se perfumó. Preparó un café muy cargado
que bebió rápidamente, en su maletín introdujo la laptop y dando las 7:15 salió
de su departamento camino a su trabajo.
Entró al edificio con una sonrisa
en su rostro, saludando a todos con un “Buenos días”, lo primero que vio al estar en su oficina, fue
el porta-nombres que descansaba sobre el
escritorio; en este se encontraba escrito con letras cursiva su nombre y cargo
dentro de la empresa, “Raphael Gallego.
Jefe de Logística”.
Volvería a su rutina, como si lo
de la noche anterior no hubiera sucedido; se volvería fuerte y guardaría
aquellos recuerdos, hasta que el sufrimiento acabara o la pesadilla lo terminara
matando.
hermoso y trágico....!trágicamente hermoso¡
ResponderEliminarAsí se resume muchas veces la vida de muchas personas.
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