martes, 8 de septiembre de 2015

Soledad



El ruido de los automóviles pasando y una melancólica melodía, era lo que lo acompañaba esa noche. Una cerveza barata a medio tomar descansaba sobre la mesa de trabajo, por la ventana tenía la vista de la carretera principal, el hombre soltó un suspiro volviendo su mirada hacia el interior de su habitación, miró alrededor buscando algo que no estaba en casa y ni en su vida.

La pantalla de la laptop era la única luz que iluminaba la habitación, la penumbra y pesadez lo acompañaban. Tomó otro trago de la cerveza conteniendo por un momento el líquido en la boca, deseando que aquel sabor amargo fuera más fuerte de la que su propia vida se había convertido.

Volvió su vista hacia la pantalla de la laptop, las gráficas y números se  amontonaban en la pantalla, dejo caer su peso sobre el respaldo de la costosa silla ergonómica que había adquirido sólo hace unos meses atrás  por “el bien de su salud”, aunque no entendía  por qué debía cuidar de sí mismo, para él, su bienestar no era importante.

Se había convertido en todo lo que deseaba, un hombre lleno de trabajo, éxito, una vida económicamente estable; todo era perfecto, toda su vida  ya la había decidido o al menos eso pensaba; hasta aquel fatídico día.

De un solo golpe cerró la pantalla de laptop, tomó la botella de cerveza y bebió el resto del contenido de ésta de un solo trago. Las gotas de la lluvia se escucharon de pronto, y no se hizo esperar el olor a tierra mojada que dejaba a su paso.  Se levantó de la silla, observando por la ventana, estaba sólo, completamente sólo en aquel departamento y en su vida.

“Amigos”, claro que tenía “amigos”, vivía rodeado de ellos. Saludos educados y sonrisas corteses, que por la misma razón respondía a ellas. Amistades reales… se había adentrado tanto en su vida, en ser una persona inteligente, recatada y sobresaliente que todo lo demás lo dejó en segundo término. Sólo tenía que esforzarse por las únicas 3 personas que quería de verdad, pero no fue lo suficiente bueno para responder a ello.

¿Cuánto había pasado? ¿Un año? Así era, un año exactamente de aquello, de aquel momento que lo atormentaba constantemente sin saber cómo salir, de qué manera debía seguir con su vida. Ahora todo estaba congelado, continuaba con su vida como si de un robot se tratará, como sí nada le afectará; pero en la intimidad de su casa sólo sentía una inmensidad soledad aplastándolo.

La intensidad de la lluvia se incrementó hasta convertirse en una tormenta, el agua comenzó a entrar por la ventana que aún se mantenía abierta, el hombre  se acercó más a la ventana, sintiendo como las gotas de agua golpeaba contra él. Esa noche era igual a la de aquella noche hacía un año, era como si ese Dios que decían que existía provocará que no pudiera olvidar aquel momento.

El sonido conjunto del agua cayendo, los automóviles pasando a gran velocidad y aquella música melancólica que se repetía una y otra vez sólo provocaban que se hundiera cada vez más en aquel abismo llamado soledad.

Después de ese día volvió al trabajo lo antes posible, aunque su jefe le había dado una semana completa, él se había ausentado sólo dos días. Aunque todos parecían preocupados por su condición nadie refutó su decisión, lo aceptaron y siguieron trabajando.

Se llenó de trabajo hasta el cansancio extremo, apenas y dormía, apenas y hablaba. Era bueno vendiendo sus ideas a los clientes, podía sonreír abiertamente y nadie podría decir que mentía, era un experto en el mimetismo. Sólo debía encajar y agradar a los demás. Era el mejor empleado y por ello también sabía que había personas que lo detestaban, pero eso no le importaba.

La tormenta seguía con fuertes vientos, cada vez más agua entraba a la habitación, la mayor parte de su ropa se encontraba mojada ahora, sus pies y manos se sentían frías, la humedad comenzó a hacer efecto en su cuerpo, y aunque físicamente su cuerpo temblaba,  su mente  apenas captaba aquella reacción. Gotas cálidas comenzaron a recorrer el rostro de aquel hombre, el llanto que comenzó silenciosamente comenzó a subir de tono, en suaves hipidos y lamentos.

“Lo siento” “Lo siento”. Repetía a la nada, suplicaba que alguien lo escuchará, deseaba que pudiera ser perdonado. No pedía a nadie más, ni amigos, ni pareja, ni amor; sólo aquellas tres personas que había sido arrebatadas de su vida.

Los lamentos se volvieron en gritos de dolor, su cuerpo cedió y cayó de rodillas, un gran charco de agua se había formado bajo de él, pero apenas y se dio cuenta de ello, sólo pedía disculpas, una y otra vez.

El dolor en su pecho era muy fuerte, dolía más que aquella vez que se había roto el brazo, dolía más que aquel primer amor que había roto su corazón, era tan tortuoso que con el puño cerrado comenzó a dar golpes contra el suelo, esperando que la frustración, la tristeza y el dolor salieran de su cuerpo. Aquellos oscuros sentimientos lo estaban llenando y sentía que se estaba ahogando, la respiración le comenzó a hacer falta y aquellos gritos se quedaron atrapados en su garganta.

El cuerpo del hombre se desplomó sobre el suelo, las lágrimas aun caían por su rostro, aunque era difícil diferenciarlas entre las gotas de lluvia. Los nudillos de sus manos estaban lastimados, se habían pintado de un color rojo que destacaba ahora entre el pálido de su piel.

“Lo siento Natán”. Cerró los ojos y enseguida un rostro regordete se dibujó en su mente, una tierna sonrisa adornaba el rostro de aquel niño no mayor de 5 años, de piel clara y cabello castaño. “Sólo eras un bebé”, la voz del hombre era ahora sólo un ronco susurró.

“No era tu tiempo, no lo era, lo siento”. Los relámpagos y truenos alumbraron la estancia por momentos, entonces se percató de un oso de peluche que descansaba sobre su cama, como si hubiera estado observando la escena todo el tiempo.

“Fuiste lo único que se salvó esa noche”. Le habló al oso como si este le pudiera entender. Imágenes de un automóvil destrozado vinieron a su mente, sangre, gritos.
Trató de ponerse de pie, pero resbaló cayendo de nuevo sobre su espalda.

“Soy tan patético”. Las lágrimas volvieron a presentarse en su rostro, como si fuera una súplica. Sólo hubiera deseado  haber tenido el tiempo suficiente para regresar todo lo que le habían dado, por eso es que se había esforzado tanto, por eso había sacrificado muchas cosas de su vida; pero aquellas personas no estaban presentes ahora.

“Mamá, papá, Natán”. Nombró mirando el techo de aquel departamento, una nueva melodía sonaba de fondo. No sabía cuánto tiempo llevaba en aquella posición, pero no le importaba.

Volvió a intentar ponerse de pie, pero el agua en el suelo le hizo volver a resbalar. Un relámpago iluminó la habitación, sobre la repisa observó una foto donde cuatro personas contándolo a él mismo se mostraban sonriendo.

Nunca le había importado que en la escuela le llamaran frío, raro, nerd, engreído. Sólo se esforzaba por ser el mejor, pero ahora ellos no estaban ahí con él. Quién más le dolió había sido el pequeño Natán, aun podía recordar su sonrisa y risas, el como a veces hacía preguntas que no había sabido contestar, y más presente aún tenía las veces en las que el pequeño se había acercado a jugar con él o a preguntarle qué hacía y él lo había alejado con un, “Estoy ocupado”, “No te importa”, el rostro de desilusión en el pequeño lo seguía muchas veces.

Con un último esfuerzo se levantó por fin del suelo, las piernas apenas y le respondían, por lo que como pudo fue hacia la cama y se dejó caer sobre ella.

Muchos le podrían decir que aún era joven, con sólo 27 años podría salir adelante, pero para él, la persona que era fría por fuera, era mucho más débil de lo que los demás podrían imaginar. Tomó el peluche con forma de oso y lo abrazó con vehemencia, a pesar de que la tristeza aun lo llenaba, las lágrimas parecían haberse  acabado.

Amargo, el sabor de la cerveza permanecía en su boca, era como un recordatorio de lo que era su 
vida.

“Los extraño”. Susurró a la nada, esperando que lo pudieran escuchar. La tormenta se calmó lentamente hasta que volvió a como había comenzado, en una suave lluvia. El sonido del agua cayendo al compás de la música que aun sonaba de fondo provocó que el hombre pudiera reconciliar el sueño.

Vivía ahora en una constante pesadilla, en la que su peor miedo se había hecho realidad. Pero cuando las pesadillas se vuelven realidad, el sufrimiento es lo que te mantiene vivo.

El reloj despertador sonó a las 6:30 de la mañana, el hombre despertó. Con pesar se levantó de la cama, tenía frío, pero siguió de largo para tomar una ducha caliente, se vistió con un impecable traje, arreglo su cabello y se perfumó. Preparó un café muy cargado que bebió rápidamente, en su maletín introdujo la laptop y dando las 7:15 salió de su departamento camino a su trabajo. 

Entró al edificio con una sonrisa en su rostro, saludando a todos con un “Buenos días”,  lo primero que vio al estar en su oficina, fue el  porta-nombres que descansaba sobre el escritorio; en este se encontraba escrito con letras cursiva su nombre y cargo dentro de la empresa, “Raphael Gallego.  Jefe de Logística”.

Volvería a su rutina, como si lo de la noche anterior no hubiera sucedido; se volvería fuerte y guardaría aquellos recuerdos, hasta que el sufrimiento acabara o la pesadilla lo terminara matando.

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